sábado, 24 de septiembre de 2016

Berlín Oeste

En el sueño, un japonés -que dice ser un fantasma venido del futuro- llama por teléfono para contarle que ha inventado una nueva forma de ajedrez. Un ajedrez distinto, dice la carta. Un ajedrez vivo, dice el japonés. María no lo entiende mucho, pero explica que en ese ajedrez las piezas han sido cambiadas: ya no hay una corte sino más bien se trata de un bestiario medieval lleno de gárgolas, unicornios, bufones, mujeres de múltiples senos y gigantes, amén de un súcubo de hielo y una bomba parlante; las cosas que Colón esperaba encontrar en América. No hay reinas ni reyes y, por supuesto, los movimientos tampoco corresponden a los del ajedrez clásico; menos, sus objetivos. En todo caso, el número de casillas sí es idéntico, pero lo que se busca en ese ajedrez del japonés es el exterminio total de las piezas del enemigo, su aniquilación última. Todo conduce a esa meta. Las partidas pueden durar minutos o días. No hay posibilidad de jaques, ni de jaque mates, ni de nada que parezca honorable. Si el ajedrez común parodia o imita la guerra, este ajedrez vivo es la guerra. Los contricantes se exterminan uno tras otro, se infligen múltiples horrores. Cada pérdida aquí simula una tortura, una tragedia, una catástrofe. Al final sólo puede qudar una pieza sobre el tablero y quien la maneja debe hacer que se suicide. Ahorcar a la última pieza. Sólo así termina la partida; esa muerte ritual es la única forma de sellar el encuentro, con aquella imagen de una pieza solitaria cayendo en silencio en el tablero, el sonido de la baquelita -o el marfil, el lapislázuli, el ébano- chocando contra la madera y significando otra clase de victoria quizás: la del tiempo sobre los seres y las cosas, la sutil presencia de la nada como última imagen reflejada de las acciones de los jugadores.

- del libro "Música marciana" de Álvaro Bisama -