martes, 4 de abril de 2017

Yo he visto un pájaro verde

"Yo he visto un pájaro verde...". Esta fue la frase -en un comienzo
tarareada, luego únicamente hablada- que expresó todo lo sentido. La usaba yo para toda cosa y para toda cosa sentía que calzaba con admirable justeza. Luego, por simpatía, los amigos la adaptaron para vaciar dentro de ella cuanto les vagara alrededor sin franca nitidez. Y como además dicha frase encerraba una especie de santo y seña en nuestras complicidades nocturnas, tendió sobre nosotros un hilo flexible de entendimiento con cabida para cualquier posibilidad.
Así, si alguno tenía una gran noticia que dar, un éxito, una conquista, un triunfo, frotábase las manos y exclamaba con rostro radiante:
-¡Yo he visto un pájaro verde!
Y si luego una preocupación, un desagrado se cernía sobre él, con voz baja, con ojos cavilosos, gachas las comisuras de sus labios, decía:
-Yo he visto un pájaro verde...
Y así para todo. En realidad no había necesidad para entendernos, para expresar cuanto quisiéramos, para hundirnos en nuestros más sutiles pliegues del alma, no había necesidad, digo, de recurrir a ninguna otra frase. Y la vida, al ser expresada de este modo, con este acortamiento y con tanta comprensión, tomaba para nosotros un cierto cariz peculiar y nos formaba una segunda vida paralela a la otra, vida que a ésta a veces la explicaba, a veces la embrollaba, a menudo la caricaturizaba con tal es especial agudeza que ni aun nosotros mismos llegábamos a penetrar bien a fondo en dónde y por dónde aquello se producía.
Luego, con bastante frecuencia, sobre todo hallándome ya solo en
casa de vuelta de nuestras farras, era súbitamente víctima de una
carcajada incontenible con sólo decirme para mis adentros:
-Yo he visto un pájaro verde.
Y si entonces miraba, por ejemplo, mi cama, mi sombrero o por la
ventana los techos de París para de ahí pasar a la punta de mis zapatos, esa carcajada, junto con aumentar su cosquilleo interno, volvía a echar sobre todos mis semejantes una nueva gota de compasión y hasta desprecio, al pensar cuán infelices son todos aquellos que no han podido, siquiera un vez, reducir sus existencias todas a una sola frase que todo lo apriete, condense y, además, fructifica.
En verdad, yo he visto un pájaro verde.
Y en verdad, ahora mismo me río un poco y recuerdo y comprendo por qué la humanidad puede ser compadecida.

- Extracto del cuento "El Pájaro Verde" del chileno Juan Emar -


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