En el sueño, un japonés -que dice ser un fantasma venido del futuro- llama por teléfono para contarle que ha inventado una nueva forma de ajedrez. Un ajedrez distinto, dice la carta. Un ajedrez vivo, dice el japonés. María no lo entiende mucho, pero explica que en ese ajedrez las piezas han sido cambiadas: ya no hay una corte sino más bien se trata de un bestiario medieval lleno de gárgolas, unicornios, bufones, mujeres de múltiples senos y gigantes, amén de un súcubo de hielo y una bomba parlante; las cosas que Colón esperaba encontrar en América. No hay reinas ni reyes y, por supuesto, los movimientos tampoco corresponden a los del ajedrez clásico; menos, sus objetivos. En todo caso, el número de casillas sí es idéntico, pero lo que se busca en ese ajedrez del japonés es el exterminio total de las piezas del enemigo, su aniquilación última. Todo conduce a esa meta. Las partidas pueden durar minutos o días. No hay posibilidad de jaques, ni de jaque mates, ni de nada que parezca honora...