jueves, 14 de junio de 2012

La fiesta del árbol


Vi a mi paso por Panamá algo que yo había soñado muchas veces: lo que sería la ciudad ideal.
En el sitio elegido para hacer el Panamá norteamericano había vegetación espléndida. Se hicieron solamente claros en el bosque para las casas; se trazó una red de caminos rurales, y aquello fue una población, sin haber dejado de ser el campo. Se respetaron las palmeras magníficas, los cedros espesos, los luminosos bananeros. Los civilizadores —aquí la palabra es verdadera—, en vez de desposeer a la vegetación, sólo le pidieron su amparo para alzar sus casas.
Afortunadamente, empieza a nacer en nosotros un nuevo sentido de la vida. No es la vuelta a la Naturaleza que quería Rousseau, violenta y absurda; es una especie de transacción entre la vida moderna y la vida antigua. Con todo el refinamiento contemporáneo, queremos plantar la casa en el campo, gozar como el primitivo el aura de la tierra, sin desprendernos de las ventajas que nos ha dado la época, como son la facilidad en el trabajo y la comunicación rápida entre los hombres. Y éste es el acuerdo, que nunca debió quebrantarse, la alianza que Dios quiere entre las criaturas.

Los hombres hemos mirado con exceso este mundo como campo de explotación. Fuimos puestos en la Naturaleza no sólo para aprovecharla, sino para contemplarla y velar por ella con amor. Somos la conciencia en medio de la Tierra, y esa conciencia pide la conservación matizada con el aprovechamiento, la ternura mezclada con el servicio.
Yo deseo que la ciudad futura sea solamente el conjunto de los palacios levantados para el comercio, la masa de las fábricas, el agrupamiento necesario de las oficinas públicas. Las casas de los hombres, que queden lejos de esa mancha de humo y de ese vértigo de agio. Así, el rico y el obrero tendrán, al caer la tarde, sobre sus espíritus, la misericordia del descanso verdadero y el ofrecimiento suave del paisaje. Así, ellos poseerán los dos hemisferios de la vida que hacen al hombre completo: la diaria acción y el recogimiento.
Pero sobre todo, yo deseo que desaparezca el tipo de nuestras ciudades por una cosa: por la infancia, que se desarrolla monstruosamente en las poblaciones fabriles. El niño debe crecer en el campo; su imaginación se anula o se hace morbosa8 si no tiene, como primer alimento, la tierra verde, el horizonte límpido, la perspectiva de montañas. El niño criado en el campo entra en la ciudad con un capital de salud; lleva todas sus facultades vivas y ricas, y posee dos virtudes profundas, que son las del campesino en todo el mundo: la fuerza y la serenidad, que emanan de la tierra y del mar.
Yo soy uno de los inadaptados de la urbe, uno de los que han transigido sólo parcialmente con la tiranía de su tiempo. Mi trabajo está siempre en las ciudades; pero la tarde me lleva a mi casa rural. Llevo a mi escuela al otro día un pensamiento y una emoción llenos de la frescura y la espontaneidad del campo. Se me disminuye o se me envenena la vida del espíritu cuando quebranto el pacto.

Plantaremos hoy los árboles que no hemos de gozar, que no sombrearán para nuestro reposo. Somos generosos: damos a los que vendrán lo que no recibimos. Los grandes pueblos se hacen con estas generosidades de una generación hacia la siguiente. Las instituciones, la legislación, todo lo que se hace para beneficio de los que vienen, son también plantaciones de bosques, cuyas resinas no serán fragancia que aroma nuestra dicha.







Extracto del discurso de la escritora chilena Gabriela Mistral pronunciado en la inauguración de una plaza con su nombre en México. Apareció en Chile el 20 de Marzo de 1924, aunque el discurso es del 17 de Febrero del mismo año.

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