lunes, 28 de enero de 2008

Cumpleaños

Ridículamente feliz y con ganas de llorar, ocultas el rostro
ordenando lentamente los soldados de plomo en el estante
y otro regalo: un libro. Exactamente el mismo sentimiento
que el de los momentos en que ella se viste y maquilla para ti
como si fuesen convidados a la mesa del monarca.

Recuerdo: estas matriarcas -jóvenes entonces- me peinaban
y hasta pepas de limón podían encontrarse
en el tordo negro de mi pelo; recuerdo rodillas sangrantes,
homenajes y efemérides que debía memorizar en una sala fría.

El ventilador, en esta foto por ejemplo, está encendido,
los gorros cónicos con serpentina en la punta lo confirman.
Las morochas con escarmenado a la usanza de la época
son:
-mi madre (ojos tristes)
-algunas tías (JAP, católicas, P.N.)
y el del centro soy yo
con el gorro más vistoso y polera del Colo.
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Y nuevamente, tras los años, las mujeres
-novia, hermana, sobrina carroliana, madre-
te asisten en la hora de apagar una vela sobre un trozo de
torta
como si desde este día en adelante cada paso
fuera a ser distinto.


Del poeta chileno Germán Carrasco (1971)
de su libro "La insidia del sol sobre las cosas" -1998