viernes, 15 de septiembre de 2017

América Latina

"Las últimas semanas de junio, los latinoamericanos nos enfrentábamos a otra de esas añejas costumbres españolas inusuales en nuestros dominios: la emigración estival. En cuanto surgían los primeros rayos del verano —tardío fenómeno en la gélida Salamanca—, nuestros anfitriones se retiraban en masa a la Costa del Sol o a la Costa Dorada o a la Costa Brava o a cualquiera de esas playas-con-cemento que tanto disfrutan, y los latinoamericanos de Salamanca nos quedábamos al fin solos —bueno, en compañía de turbas de japoneses y de guiris—, calcinados en medio de las incandescentes piedras de Villamayor. En ausencia de nuestros amados y detestados referentes, las diferencias entre nosotros se volvían insoslayables: los argentinos se volvían más insoportables, los mexicanos más hipócritas, los venezolanos más torvos, los peruanos más melancólicos, los chilenos más incomprensibles, los colombianos más energéticos, los cubanos más… cubanos. Y la hermosa unidad latinoamericana se quebraba de pronto, como si un dios esquivo hubiese decidido fundir con 40 grados a la sombra nuestra idílica babel sudaca. Descubríamos entonces, pasmados, que apenas entendíamos nuestros acentos, que no teníamos la menor idea de lo que ocurría en nuestros países y que la literatura, el arte, el cine o el teatro producidos más allá de nuestras fronteras nos resultaban tan ignotos como la caligrafía china o la artesanía maorí (la música se mantenía como único vínculo común). Cualquier cosa parecida a una comunidad cultural se tornaba un espejismo: ni siquiera los países limítrofes, o acaso éstos menos que lso demás, tenían acceso a los libros, als películas o los periódicos de sus vecinos. América latina se derrumbaba ante nuestros ojos. O al menos esa América Latina viva, real, contemporánea, a la que creíamos pertenecer"
- Del libro "El insomnio de Bolívar" del escritor mexicano Jorge Volpi -